Bodas de papel

Hoy hace un año del mejor día de mi vida.

Me encantó mi boda. Primero, y más importante, porque me casé con la mujer más maravillosa del mundo. Después, porque tuve la ocasión, durante unas horas, de ver juntos a todos mis amigos (salvo tristes excepciones) y además tuvimos tiempo de estar un ratito con todos ellos.

Fue una boda muy familiar, con pocos invitados y además lo preparamos casi todo nosotros mismos, con lo que nos ahorramos un dinerillo a base de dedicar muchísimo tiempo tiempo y esfuerzo.

En este primer año de matrimonio he podido comprobar, en primer lugar, que todos los chistes del matrimonio no deben de referirse al primer año, he oído muchos pero, aunque me ría porque son graciosos, no me he sentido identificado con ninguno.

Me he dado cuenta, también, de que haberme casado hace que sienta diferente. En un principio no hubo muchos cambios en nuestra vida, pues ya vivíamos juntos antes de casarnos. Sin embargo, hay algo que cambió en mi interior, algo que me sigue haciendo sentir aún mejor. He intentado racionalizarlo dándole nombres como la satisfacción del reconocimiento social de nuestra relación, o del reconocimiento familiar, pero ninguna de estas vale, es algo mucho más personal. Puede que también, sin darme cuenta (bueno, un poco), me haya vuelto algo más protector. No sé si eso es bueno o malo, supongo que depende de la necesidad de protección de cada momento :P.

Este año ha visto, también, el momento en el que Lorena y yo dejamos de compartir piso y nos mudamos, unos meses después de la boda, a vivir solos. Este es un paso que no sólo ha hecho mejorar considerablemente mi calidad de vida sino que creo que ha afectado positivamente a nuestra relación. La privacidad de una familia es un bien precioso que descubrí un tiempo después de la mudanza (¿De dónde salieron tantas cosas?).

Y bueno, este año también nos ha traído la inmensa alegría de saber que en diciembre vamos a ser padres.

No ha estado mal, ¿no?